Ricardo L. Rodríguez., profesor de Enseñanza Secundaria de Griego. Blog dedicado a mis alumnos/as, y a estudios de filología griega y tradición clásica. Alguna vez se colará algo personal.
Milo Manara es uno de los autores más importantes de la historia del cómic. A partir de 1978 comenzó a dibujar las andanzas de un joven viajero que corre aventuras por todo el mundo: Giuseppe Bergman, creado como homenaje a Hugo Pratt, también dibujante de cómics y padre del famosísimo personaje Corto Maltese.
La novena y última entrega de Giuseppe Bergman se titula La odisea de Giuseppe Bergman.
El barco de Bergman ha naufragado en alta mar una noche de niebla por el choque contra algo grande e indeterminado. Nuestro protagonista es rescatado por un pequeño grupo de personas (dos chicas jóvenes y un viejo chiflado que cree ser la reencarnación de Ulises) que viajan a bordo de otro barco con rumbo a Ítaca para revivir la travesía de Ulises por el Mediterráneo.
(PULSAR SOBRE LAS IMÁGENES PARA VERLAS AMPLIADAS)
Ya a salvo, durante esa misma noche de niebla, Giuseppe Bergman ve claramente un barco griego de otra época con marineros en él.
1.Primera visión del barco griego antiguo
Algo después, a Bergman se le aparece el auténtico Ulises, que le advierte de la cólera de Poseidón contra los hombres soberbios y que persiguen lo que no está a su alcance. Ulises le entrega su casco a Bergman que lo pierde en un desgraciado accidente. El casco del héroe termina en el estómago de un gran tiburón.
2.Aparición de Ulises a Giuseppe Bergman
Bergman junto a sus compañeros de viaje va dando tumbos de acá para allá, hasta que encuentra en una isla el casco de Elpénor enterrado en la arena. Este casco tiene el poder de proporcionar visiones extraordinarias a su portador, y quien primero se lo coloca es la joven que patronea el barco. Su primera visión es la de Ulises en la isla de Eolo, dios del viento; la segunda, una fantasía sobre el sacrificio de las vacas de Helios por los marineros de Ulises y la tercera, el episodio de Escila y Caribdis.
3 y 4-Escila y Caribdis.
En la cuarta visión se nos cuenta el episodio de las sirenas.
5. Las sirenas de la tradición moderna y antigua.
La joven revive el descenso al Hades de Ulises y su encuentro con Aquiles en la quinta visión.
6 y 7. Encuentro en el Hades con Aquiles rodeado de una gran tropa. Historia de Aquiles en Troya.
Después, asiste a la aventura de Circe y a la muerte de Elpénor, dándose cuenta entonces de que todo lo que ha visto ha sido a través del casco de un hombre muerto. En su aturdimiento, la chica insulta a Poseidón y se levanta entonces una gigantesca tempestad. El barco es sacudido terriblemente por la furia del dios del mar cuya intención es terminar aquella venganza que comenzó con Ulises y su tripulación hace cientos de años.
8.La ira de Poseidón (compárese la viñeta con la ilustración de Walter Crane “Los caballos de Neptuno” de 1910)
Una enorme ola lanza a la joven fuera del barco. Un tiburón la agarra por la cabeza, llevándose el casco de Elpénors. La chica se salva milagrosamente. Ilesa y sin un solo rasguño sube al barco de nuevo. La tempestad amaina por fin. Por otro lado, el viejo chiflado, que había abandonado el barco en un bote, llega desnudo y exhausto por la tempestad a la playa de una isla donde encuentra a una joven a la que confunde con Nausica en sus delirios.
La joven patrona del barco y Giuseppe Bergman deciden poner rumbo a Ítaca y encarar las aventuras que se les presenten.
Así que, como nos dice Cavafis, “si vas a emprender el viaje a Ítaca, pide que tu camino sea largo…” . Porque la vida es un viaje unas veces triste y otras alegre, lleno de aventuras y, al fin de cuentas, hermoso.
Este cómic se puede adquirir en librerías especializadas. Lo publica Planeta de Agostini. Por cierto, Milo Manara también es autor de una adaptación al cómic de El asno de oro de Apuleyo.
El pasado lunes 26 de enero recogí un paquete de correo con un libro antiguo que había comprado por Internet. Lo recibí con otro de regalo por cortesía de LibrosCipraea, la tienda a la que hice el pedido. Ya les envié un correo de agradecimiento, pero vaya desde aquí también el agradecimiento por la amable cortesía. El libro que compré es Adiós, Mr. Chips de James Hilton. Es un librito precioso, encuadernado en cartoné y publicado en marzo de 1953 por José Janés en Barcelona. La colección editorial es Aretusa, nombre de una de las tres hermanas Hespérides, las ninfas del ocaso (aunque también el nombre de una náyade y el de una nereida). El libro lleva hasta el exlibris del antiguo propietario, aunque es evidente que nunca nadie lo leyó en sus casi 57 años de antigüedad, pues casi todo él conserva aún la mayoría de sus páginas mal cortadas de fábrica y unidas así de cuatro en cuatro. Así que 57 años después lo ha estrenado como lector, algo que me ha proporcionado una grata emoción. Quisiera compartir con todos/as ustedes el placer de esta lectura.
“La vida que llevaba en casa de Mrs. Wickett era agradable y plácida. Carecía de inquietudes; su pensión era suficiente y, además, tenía ahorrado algún dinero. Podía conseguir todo cuanto desease. Su cuarto estaba amueblado con sencillez y gusto de maestro de escuela; unos cuantos estantes con libros y trofeos deportivos; sobre la chimenea, gran número de postales y fotografías firmadas por jóvenes y viejos; una raída alfombra turca; grandes butacones, y, en la pared, cuadros representando la Acrópolis y el Foro. Casi todo procedía de su antiguo cuarto de la escuela. Los libros eran, en su mayoría, de autores clásicos, pues ésta había sido su materia de enseñanza. Sin embargo, había una mezcla de historia y literatura; en el estante inferior se amontonaban ediciones baratas de novelas detectivescas, a las que era muy aficionado. Algunas veces, cogía un tomo de Virgilio o Jenofonte y lo leía durante unos momentos, pero no tardaba en reunirse con el doctor Thorndyke o con el inspector French. A pesar de sus largos años de profesorado, no era un buen estudiante de temas clásicos, aunque opinaba que el latín y el griego eran, más que lenguas muertas de las cuales todo buen inglés debia conocer algún texto, lenguas vivas que habían sido siempre habladas por seres vivientes. Le gustaban aquellos breves artículos del Times que hablaban de unas cuantas cosas de la que él comprendía. Formar parte de la reducida minoría que entendia en tales temas, era para él una especie de secreto y de preciada francmasonería; se daba cuenta de que esto representaba uno de los principales beneficios que se derivaban de una educación clásica”. (Las negritas son mías)
El protagonista de esta novela, llevada al cine en dos ocasiones (1939 y 1969), es un profesor de latín y griego de un prestigioso colegio privado inglés masculino, Brookfield. Los primeros veintantos años de su carrera como profesor se ven marcados por su soledad personal, por sus deseos de mantener la disciplina en el aula y por su distanciamiento emocional del alumnado.
“Era apreciado y bien considerado en general en Brookfield, si bien no de una manera muy popular o que suscitara grandes afectos. Había permanecido en Brookfield cerca de un cuarto de siglo, lo bastante para darse a conocer como persona decente y tenaz trabajador; pero demasiado tiempo también para que alguien le creyera capaz de llegar a ser algo más. De hecho había empezado a hundirse en esa pedagogía carcomida que es la última y peor añagaza de la profesión; el dar las mismas lecciones año tras año había formado una especie de estría en la cual los otros asuntos de la vida encajaban con insidiosa facilidad. Trabajaba bien. Era concienzudo; algo fijo e inamovible que inspiraba satisfacción, utilidad, confianza y cualquier cosa, excepto inspiración.”
Pero tras conocer a una joven muy especial que se convierte en su mujer, Mr. Chipping cambia y se vuelve cercano, ocurrente, gracioso y, sobre todo, más dado a expresar sus sentimientos y su forma de ser, lo que le granjea, además del respeto, el cariño de sus alumnos.
“Y entonces llegó aquella sorprendente muchacha, esposa a quien nadie esperaba y Chips el que menos. Le hizo a todas luces un hombre nuevo; aunque la mayor parte de esta novedad consistió, realmente, en un ardiente deseo de vivir cosas que eran viejas, aprisionadas y desconocidas. Sus ojos ganaron en fulgores; su mente, adecuada a su profesión, aunque no en extremo, entro en acción arriesgadamente. Aquel sentido del humor que siempre tuvo floreció con una repentina riqueza a la cual sus años prestaron madurez. Empezó a sentir mayor energía; su disciplina progresó hasta el punto que se podía decir, en cierto sentido, que era menos rígida; se hizo más popular. Al llegar a Brookfield por primera vez, aspiró a ser querido, honrado y obedecido; sobre todo obedecido. Había asegurado la obediencia y le concedieron la honorabilidad. Pero sólo ahora llegó la estimación, el súbito aprecio de los muchachos hacia un hombre que era bondadoso sin ser condescendiente, que les comprendió bastante bien, aun cuando no en exceso, y cuya felicidad privada estaba enlazada con la suya propia.”
Así transcurrirá la vida de “Mr. Chips” en Brookfield, siendo testido de la guerra franco-prusiana, de la entrada del s. XX, de la muerte de su esposa, y de la 1ª. guerra mundial.
“De este modo siguió su clase de Latín, elevando un poco más el tono de voz, en medio del estruendo de los cañones y del agudo silbido de los proyectiles de los antiaéreos. Algunos muchachos estaban nerviosos y muy pocos se sentían capaces de prestar atención…Otra explosión aún más cercana.
-Resumamos, ejem, nuestro trabajo. Si a no tardar hemos de ser interrumpidos, ejem, que nos encuentren, por lo menos, ocupados en algo, ejem, en algo que valga la pena. ¿Hay entre ustedes un voluntario que se ofrezca a traducir?
Maynard, un muchacho regordete, impávido, inteligente y descarado, dijo:
-Yo, señor.
-Muy bien. Busca la página cuarenta y empieza en la última línea.
El estruendo de las explosiones continuaba ensordecedor; tembló todo el edificio como si fuera a ser arrancado de sus cimientos. Maynard halló la página y comenzó a leer con voz chillona.
-Genus hoc erat pugnae… Ésta era la clase de lucha… quo se Germani exercuerant… a la cual los germánicos… se dedicaban. Oh, señor, esto sí que está bien. Es, realmente, muy gracioso. En verdad, una de sus mejores…
Comenzaron a reír y Chips añadió:
-Bien, ejem, ahora pueden ustedes ver que estas lenguas muertas, ejem, pueden revivir algunas veces. ¿No es eso?”
Años y años de magisterio dedicado siempre a buscar en la educación el sentido del equilibrio.
“Y, sobre todas las cosas, el sentido de la proporción era lo que debía enseñar Brookfield, y no tanto latín, griego, química o mecánica”
Muere a los 85 años, de muerte natural, y, mientras se va apagando poco a poco, recuerda los nombres de todos sus alumnos.
“Y entonces sonó en sus oídos el coro con la más sublime, más dulce y a la vez más reconfortante armonía final que jamás había escuchado: ‘Pettifer, Mollet, POrson, Potts, Pullman, Purvis, Pym-Wilson, Radlett, Raspón, Reade, Reaper, Reddy primero…’ rodeadme, todos, para hablaros y gastaros la última broma… ‘Harper, Haslett, Hatfield, Hatherley…’ Mi último chiste… ¿Lo oísteis? ¿Os hizo reír?… ‘Bone, Boston, Bovey, Bradford, Bradley, Bramhall-Anderson…’ Dondequiera que estéis, y pase lo que pase, concededme este momento… este último momento…, queridos”
La novela se ha llevado al cine en dos ocasiones, como dije más arriba. La primera vez, en 1939 y con una fuerte intención de respetar en lo posible el argumento literario de James Hilton. La protagonizó Robert Donat, quien ganó el Óscar al mejor actor del año 1939. La siguiente adaptación (musical, por cierto), de 1969, fue protagonizada por Peter O’toole.
Espero que les gusten estos fragmentos que he escogido de ambas películas.
El viernes hablamos en clase de 2º. de Bachillerato sobre la tragedia griega y su marco de representación. En cuanto a la buena acústica de los teatros griegos, aquí les dejo algunos vídeos que me parecen interesantes.
Este último vídeo pertenece a la película “Adiós, Mr. Chips” (1969). En esta escena, rodada en el teatro grande (o griego) de Pompeya, se pretende dejar de manifiesto la buena acústica de tal tipo de edificaciones construidas aprovechando la pendiente de elevaciones naturales. Así es como se edificó este teatro romano a la manera griega hacia finales del s. III a. C. y principios del s. II a. C.
Un documental de animación sobre los orígenes del teatro griego se puede ver AQUÍ.
La literatura griega antigua se ha perdido casi en su totalidad. La tragedia griega, también.
Sólo conservamos obras trágicas completas de tres autores: Esquilo, Sófocles y Eurípides.
Esquilo, según el léxico la Suda, escribió 90 tragedias, de las que sólo conservamos completas 7, es decir, menos de un 8 por ciento.
Sófocles, según el léxico la Suda, escribió 123 tragedias, de las que sólo conservamos completas 7, es decir, menos de un 6 por ciento.
Eurípides, según una Vida manuscrita, escribió 92 tragedias, de las que se han conservado completas 18.
Estos tres autores trágicos, según las fuentes citadas, escribieron en conjunto 305 tragedias, de las que nos quedan 32 completas, es decir, un 10 por ciento.
La tragedia más antigua conservada es Los Persas de Esquilo que data del 472 a. C. La tragedia conservada más reciente es Las Bacantes de Eurípides, que se represento después de la muerte de su autor, aproximadamente en el 405 a. C. Entre la fecha de Los Persas y de Las Bacantes hay una diferencia de 67 años.
Todos los años en Atenas, a finales del mes de marzo, se representaban 3 tragedias de 3 autores que competían entre sí, es decir, se representaban 9 tragedias.
En 67 años se podrían haber llegado a representar en Atenas 603 tragedias. Si la producción conjunta conservada de Esquilo, Sófocles y Eurípides es de 32 tragedias, lo que se nos ha conservado de este género literario constituye un 5 por ciento de la posible producción trágica total de entre 472 y 405 a. C.
Antes de 472 a. C., otros autores como Tespis, Prátinas, Quérilo y Frínico escribían tragedias que se llevaban a escena. Muchos otros autores como Aqueo, Agatón, Queremón, Critias, Ezequiel, Ión de Quíos, etc., escribieron y representaron tragedias.
Aunque Eurípides y Sófocles ganaron muchas veces el festival de tragedias, otros muchos autores se les impusieron a ellos y a Eurípides (que, el pobrecito, sólo ganó 4 veces).
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¿Cuál sería nuestra imagen de la tragedia griega en general si se hubieran conservado la mayoría de las obras de los autores que las escribieron?
¿Cuál sería nuestra imagen de la tragedia griega y de los tres autores trágicos mencionados de habérsenos conservado la totalidad o, al menos, la mayor parte de sus tragedias?
¿Hasta qué punto, por la influencia de Aristófanes y de Aristóteles, debemos seguir manteniendo la visión de que Esquilo, Sófocles y Eurípides fueron los máximos representantes de la tragedia, casi los únicos?
¿Por qué se ha aceptado tácitamente que carecen de relieve las tragedias escritas antes de 472 a. C. y después de 405 a. C. por otros autores que no son “los tres”?
¿Por qué se ha acuñado el término “trágicos menores” para los autores trágicos que no son Esquilo, Sófocles y Eurípides?
¿Qué pasaría si en algún lugar del mundo apareciese alguna tragedia griega de las consideradas perdidas?
¿Qué pasaría si en algún lugar del mundo se conservasen la mayoría de las tragedias griegas que no conocemos?
(Tómense todos los números como relativos y aproximados. Se refieren al s. V a. C. Por supuesto, habría muchos aspectos que matizar en todo lo escrito arriba.)
He leído un trabajo muy concienzudo en el que se expone que la vida media de un edublog (un blog educativo) es de 9 meses y la de otros tipos de blogs de 15 meses. Helleniká ha cumplido hoy 3 años y sigue adelante con entusiasmo, ilusión y muchísimo cariño. Últimamente, más que nunca, dedicado al alumnado al que va dirigido. Estos son los números ofciales de Helleniká en sus tres años de vida:
- 8.275 lágrimas.
- 14.746 suspiros.
- 22.971 recuerdos gratos.
- 45.784 risas y sonrisas.
- 76.349 momentos de entusiasmo e ilusión.
- 23.711 satisfacciones por compartir cosas con los demás.
- Tantas pinceladas de cariño y amor como cada palabra que se ha escrito.
Muchísimas gracias a los/as lectores/as y comentaristas que lo mantienen vivo.