HELLENIKÁ. RECURSOS DE GRIEGO ANTIGUO

Materiales y recursos de Griego para enseñanza secundaria. Experiencias y propuestas didácticas.

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    Ricardo L. Rodríguez., profesor de Enseñanza Secundaria de Griego. Blog dedicado a mis alumnos/as, y a estudios de filología griega y tradición clásica. Alguna vez se colará algo personal.

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Archive for 4/02/10

ADIÓS, MR. CHIPS

Posted by Ricardo en 4 febrero, 2010

Para Nausica, ella sabe por qué.

El pasado lunes 26 de enero recogí un paquete de correo con un libro antiguo que había comprado por Internet. Lo recibí con otro de regalo por cortesía de LibrosCipraea, la tienda a la que hice el pedido. Ya les envié un correo de agradecimiento, pero vaya desde aquí también el agradecimiento por la amable cortesía. El libro que compré es Adiós, Mr. Chips de James Hilton. Es un librito precioso, encuadernado en cartoné y publicado en marzo de 1953 por José Janés en Barcelona. La colección editorial es Aretusa, nombre de una de las tres hermanas Hespérides, las ninfas del ocaso (aunque también el nombre de una náyade y el de una nereida). El libro lleva hasta el exlibris del antiguo propietario, aunque es evidente que nunca nadie lo leyó en sus casi 57 años de antigüedad, pues casi todo él conserva aún la  mayoría de sus páginas mal cortadas de fábrica y unidas así de cuatro en cuatro. Así que 57 años después lo ha estrenado como lector, algo que me ha proporcionado una grata emoción. Quisiera compartir con todos/as ustedes el placer de esta lectura.

“La vida que llevaba en casa de Mrs. Wickett era agradable y plácida. Carecía de inquietudes; su pensión era suficiente y, además, tenía ahorrado algún dinero. Podía conseguir todo cuanto desease. Su cuarto estaba amueblado con sencillez y gusto de maestro de escuela; unos cuantos estantes con libros y trofeos deportivos; sobre la chimenea, gran número de postales y fotografías firmadas por jóvenes y viejos; una raída alfombra turca; grandes butacones, y, en la pared, cuadros representando la Acrópolis y el Foro. Casi todo procedía de su antiguo cuarto de la escuela. Los libros eran, en su mayoría, de autores clásicos, pues ésta había sido su materia de enseñanza. Sin embargo, había una mezcla de historia y literatura; en el estante inferior se amontonaban ediciones baratas de novelas detectivescas, a las que era muy aficionado. Algunas veces, cogía un tomo de Virgilio o Jenofonte y lo leía durante unos momentos, pero no tardaba en reunirse con el doctor Thorndyke o con el inspector French. A pesar de sus largos años de profesorado, no era un buen estudiante de temas clásicos, aunque opinaba que el latín y el griego eran, más que lenguas muertas de las cuales todo buen inglés debia conocer algún texto, lenguas vivas que habían sido siempre habladas por seres vivientes. Le gustaban aquellos breves artículos del Times que hablaban de unas cuantas cosas de la que él comprendía. Formar parte de la reducida minoría que entendia en tales temas, era para él una especie de secreto y de preciada francmasonería; se daba cuenta de que esto representaba uno de los principales beneficios que se derivaban de una educación clásica”. (Las negritas son mías)

El protagonista de esta novela, llevada al cine en dos ocasiones (1939 y 1969), es un profesor de latín y griego de un prestigioso colegio privado inglés masculino, Brookfield. Los primeros veintantos años de su carrera como profesor se ven marcados por su soledad personal, por sus deseos de mantener la disciplina en el aula y por su distanciamiento emocional del alumnado.

“Era apreciado y bien considerado en general en Brookfield, si bien no de una manera muy popular o que suscitara grandes afectos. Había permanecido en Brookfield cerca de un cuarto de siglo, lo bastante para darse a conocer como persona decente y tenaz trabajador; pero demasiado tiempo también para que alguien le creyera capaz de llegar a ser algo más. De hecho había empezado a hundirse en esa pedagogía carcomida que es la última y peor añagaza de la profesión; el dar las mismas lecciones año tras año había formado una especie de estría en la cual los otros asuntos de la vida encajaban con insidiosa facilidad. Trabajaba bien. Era concienzudo; algo fijo e inamovible que inspiraba satisfacción, utilidad, confianza y cualquier cosa, excepto inspiración.”

Pero tras conocer a una joven muy especial que se convierte en su mujer, Mr. Chipping cambia y se vuelve cercano, ocurrente, gracioso y, sobre todo, más dado a expresar sus sentimientos y su forma de ser, lo que le granjea, además del respeto, el cariño de sus alumnos.

“Y entonces llegó aquella sorprendente muchacha, esposa a quien nadie esperaba y Chips el que menos. Le hizo a todas luces un hombre nuevo; aunque la mayor parte de esta novedad consistió, realmente, en un ardiente deseo de vivir cosas que eran viejas, aprisionadas y desconocidas. Sus ojos ganaron en fulgores; su mente, adecuada a su profesión, aunque no en extremo, entro en acción arriesgadamente. Aquel sentido del humor que siempre tuvo floreció con una repentina riqueza a la cual sus años prestaron madurez. Empezó a sentir mayor energía; su disciplina progresó hasta el punto que se podía decir, en cierto sentido, que era menos rígida; se hizo más popular. Al llegar a Brookfield por primera vez, aspiró a ser querido, honrado y obedecido; sobre todo obedecido. Había asegurado la obediencia y le concedieron la honorabilidad. Pero sólo ahora llegó la estimación, el súbito aprecio de los muchachos hacia un hombre que era bondadoso sin ser condescendiente, que les comprendió bastante bien, aun cuando no en exceso, y cuya felicidad privada estaba enlazada con la suya propia.”

Así transcurrirá la vida de “Mr. Chips” en Brookfield, siendo testido de la guerra franco-prusiana, de la entrada del s. XX, de la muerte de su esposa, y de la 1ª. guerra mundial.

“De este modo siguió su clase de Latín, elevando un poco más el tono de voz, en medio del estruendo de los cañones y del agudo silbido de los proyectiles de los antiaéreos. Algunos muchachos estaban nerviosos y muy pocos se sentían capaces de prestar atención…Otra explosión aún más cercana.

-Resumamos, ejem, nuestro trabajo. Si a no tardar hemos de ser interrumpidos, ejem, que nos encuentren, por lo menos, ocupados en algo, ejem, en algo que valga la pena. ¿Hay entre ustedes un voluntario que se ofrezca a traducir?

Maynard, un muchacho regordete, impávido, inteligente y descarado, dijo:

-Yo, señor.

-Muy bien. Busca la página cuarenta y empieza en la última línea.

El estruendo de las explosiones continuaba ensordecedor; tembló todo el edificio como si fuera a ser arrancado de sus cimientos. Maynard halló la página y comenzó a leer con voz chillona.

Genus hoc erat pugnae… Ésta era la clase de lucha… quo se Germani exercuerant… a la cual los germánicos… se dedicaban. Oh, señor, esto sí que está bien. Es, realmente, muy gracioso. En verdad, una de sus mejores…

Comenzaron a reír y Chips añadió:

-Bien, ejem, ahora pueden ustedes ver que estas lenguas muertas, ejem, pueden revivir algunas veces. ¿No es eso?”

Años y años de magisterio dedicado siempre a buscar en la educación el sentido del equilibrio.

“Y, sobre todas las cosas, el sentido de la proporción era lo que debía enseñar Brookfield, y no tanto latín, griego, química o mecánica”

Muere a los 85 años, de muerte natural, y, mientras se va apagando poco a poco, recuerda los nombres de todos sus alumnos.

“Y entonces sonó en sus oídos el coro con la más sublime, más dulce y a la vez más reconfortante armonía final que jamás había escuchado: ‘Pettifer, Mollet, POrson, Potts, Pullman, Purvis, Pym-Wilson, Radlett, Raspón, Reade, Reaper, Reddy primero…’ rodeadme, todos,  para hablaros y gastaros la última broma… ‘Harper, Haslett, Hatfield, Hatherley…’ Mi último chiste… ¿Lo oísteis? ¿Os hizo reír?… ‘Bone, Boston, Bovey, Bradford, Bradley, Bramhall-Anderson…’ Dondequiera que estéis, y pase lo que pase, concededme este momento… este último momento…, queridos”

La novela se ha llevado al cine en dos ocasiones, como dije más arriba. La primera vez, en 1939 y con una fuerte intención de respetar en lo posible el argumento literario de James Hilton. La protagonizó Robert Donat, quien ganó el Óscar al mejor actor del año 1939. La siguiente adaptación (musical, por cierto), de 1969, fue protagonizada por Peter O’toole.

Espero que les gusten estos fragmentos que he escogido de ambas películas.

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