Leo era un ratoncito lindísimo, de esos a los que nada más verlos se les coge cariño. Vivía en el despacho de la jefatura de estudios-vicedirección. Roía los papeles, se paseaba por todo el despacho como si fueran sus dominios y lo dejaba todo lleno de sus diminutas caquitas. En resumen, era feliz. Y muy escurridizo también. La entrada de su casa era un hueco que dejaba en el suelo una loseta rota, hueco que comunicaría con no sé dónde (creo que con la entrada del insti). Había una persecución contra él que siempre estaba destinada a fracasar. Yo, el jefe de estudios del insti, sentía una grandísima y sincera simpatía por él, incluso le llevaba a escondidas pequeños trocitos de comida que introducía a través del hueco de su casita.
(La casita de Leo en el despacho de jefatura de estudios)

Cuando me encontraba solo, como Leo había cogido cierta confianza conmigo, se dejaba ver porque sabía que yo jamás perturbaría su vida feliz. Pero un día en el que salió a dar un paseo, tranquilo y seguro pues la única presencia humana en el despacho era la mía, un profesor entró atropelladamente en el despacho. Leo se asustó, salió corriendo en busca de su hogar y, con las prisas de la huida, se golpeó fuertemente en la cabeza y murió. Desconsolado por su pérdida, preparé un cartucho a modo de tumba con uno de los folios que a él le gustaba roer, lo introduje en él y lo dejé en la papelera. El espíritu de Leo vive ahora en la Luna y sigue siendo igual de feliz que lo era en vida. Cual héroe mitológico, elevado al firmamento, yo lo he nombrado mascota oficial de este blog. Te echo mucho de menos, amigo.
(Leo descansando plácidamente en la Luna)

Final alternativo: …y lo dejé en la papelera. Pero Leo no había muerto, sólo estaba aturdido por el golpe. Cuando despertó, viéndose dentro de aquel papel, lo mordisqueó rápidamente y escapó. Había comprendido que los seres humanos eran una amenaza para él, así que decidió emigrar. Como era un ratoncito muy culto y había leído a Aristófanes, convenció a un escarabajo pelotero de que lo llevara volando a la Luna, donde, desde entonces, vive feliz. Como también había leído a Luciano, de vez en cuando viaja de la Luna a Tyroneso (la Isla de Queso), para aprovisionarse, y, como le coge de paso, visita Cucópolis de las Nubes y saluda a sus amigos los pájaros. Fin.
Nota del autor: La historia del ratón es real. El final alternativo, para que Chelucana se lo cuente a sus niñas.



