Mi padre tenía una pequeña finca de naranjos que fue la alegría de su vida , casi su vida. Su legado físico y espiritual lo preserva actualmente una de mis hermanas, que ha fijado allí su hogar. Mi padre plantó con sus manos todos y cada uno de los árboles que allí viven; cuando compró el terreno no era sino una extensión de secano con algunos olivos.
Vista aérea de la finca (sus límites están marcados con líneas anaranjadas)

Aquellos naranjos regalaban al paladar las naranjas más dulces del mundo, o así me lo parecía a mí. Todas las temporadas la producción de la zona era comprada por empresarios de Valencia o Murcia.
Algunas tardes de diario de noviembre o diciembre mi padre me llevaba a la finca, pues tenía asuntos que tratar. Yo me subía como un niño salvaje al que llamaba “mi naranjo”, uno grandote y muy robusto. Allí, abrigado bajo su frondosa copa, me comía 4 ó 5 naranjas que me sabían a gloria.
Me encantaba estar en la finca. Teníamos muchos perros y yo jugaba con ellos. Se volvían locos cada vez que aparecíamos por allí porque sabían que con nosotros venía comida especial, juegos y cariño.
En la finca de mi padre y en otras aledañas trabajaba un señor del pueblo cercano. Para respetar su identidad, lo llamaremos D. Juan Arteaga. Yo lo quería profundamente. Corría a abrazarlo cada vez que lo veía. Era un hombre muy cariñoso. Me parecía un gigante. Siempre recordaré de él su caracterísitico olor a tierra, a naturaleza. Dominaba como nadie la “gramática parda”. He aquí uno de sus dichos:
“Al cuerpo hay que darle lo contrario de lo que pide: si pide agua, hay que darle vino; y si pide vino, hay que darle vino, porque no siempre se le debe dar al cuerpo lo contrario de lo que pide”.
D. Juan Arteaga se jubiló cuando yo tendría unos cinco años y dejó paso en sus labores a su hijo, llamado igual que él. Pero, pese a estar jubilado, D. Juan Arteaga (padre) seguía yendo a trabajar todos los días y todas las tardes por amor al campo y a la actividad.
Precisamente una tarde de un día de diario mi padre llegó a la finca y se encontró a D. Juan Arteaga (padre) tumbado inconsciente en el suelo y, a su alrededor, pegaditos a él, todos nuestros perros formaban un apretado círculo, dándole su calor como si quisieran protegerlo. Mi padre era médico; D. Juan Arteaga, por fortuna, sólo tuvo una lipotimia. A veces los perros recuerdan su primigenio instinto salvaje. Es el legado del lobo bueno: más que un animal, un verdadero mito.
Dedicado a D. Juan Arteaga padre


