Jueves 6 de agosto, en una ciudad por donde pasaron fenicios, tartésicos, griegos, cartagineses, romanos, visigodos, musulmanes y, finalmente, cristianos, me encontraba de noche disfrutando en la compañía de uno de mis mejores amigos. Desde aquella calleja cargada de historia del centro de Carmona se veía frente a nosotros la Luna llena.
Mucho se ha hablado durante el mes de julio sobre la llegada del ser humano a la Luna con motivo del XL aniversario de ese hecho. Del planeta al que se llegó apenas se dijo casi nada, ni de su luz, ni de sus leyendas, ni de su belleza.
Hace un par de días hubo Luna llena de nuevo.
Me gustan las estrellas y la Luna. Su luz iluminando la azotea y, ya de madrugada, colándose por la cristalera del dormitorio hasta la cama es preciosa. Yo la miro, solo, y parece que sonriera, con la alegría de un torrente de agua clara. “Es Selene“, me digo con emoción. Tal vez velando el amor de su amado Endimión, eternamente dormido, como los amores que duermen por esas cosas de la vida.
Gema Carrasco “La Luna enamorá”
“Salud, soberana, diosa de blancos brazos, luminosa Selene, bondadosa, de hermoso pelo rizado.”
Pseudo-Homero: “Himno a Selene”, 17-18.


